¡JOUJOUJOU! ¡Feliz día de Navidad a todos, amigos! (Saludo de rigor: hecho.) Supongo que la mayoría de los que me leéis ahora ya habréis recibido por correo electrónico mi particular brindis de Nochevieja (bajo un poco acertado título de Navidad). Los que no, no os preocupéis: seguramente será porque no os tengo en mi lista de contactos de messenger, o quizás por algún error informático. Si es así, decídmelo y lo arreglamos.
Ahora os diré qué me ha traído aquí. Como muchos sabréis, estamos en unas fiestas muy especiales en las que se celebran dos acontecimientos diferentes: el final del año civilizado (no el final del año agrícola-solar, ni el esotérico-lunar) con su correspondiente cambio de año, y por otro lado, el nacimiento, hace dos mil años, de Jesús de Nazaret, fundador sui generis de una religión basada en el amor al prójimo y que ha sido el principal pilar moral de la civilización occidental durante más de mil quinientos años (si es que no lo sigue siendo aún). Estos son, en principio, los hechos, pero como en toda sociedad humana que se precie, todo acontecimiento va acompañado de diversas addenda, connotaciones, significados secundarios y lugares comunes. En el caso del cambio de año, solemos regar el fin del viejo año con champán, proyectos de cambio, campanadas a nivel nacional, buenas promesas, doce uvas y el recuerdo de todo lo que ya se ha ido (¡o se está yendo!) con el año saliente. Bastante claro, ¿no? Sin embargo, el día de la Natividad (para los más lentos: Navidad) es para nosotros una fecha mucho más ambigua: belenes, niños-Jesús, sentimientos religiosos de amor y caridad, sentimientos aconfesionales de amor y caridad, buenas intenciones, reuniones de familia, el Gordo y el Niño (hablo de los sorteos, no del tipo rojo y el bebé mesías), los villancicos, los Reyes Magos (una semana y pico después), Papá Noeles de importación, nieve de película, consumismo de régimen, galas de TVE, pelis del sugénero navideño y muchos, muchos regalos. Esta es la Navidad actual: un constructo social e histórico que parte de una fuente antigua (la celebración del nacimiento de Jesucristo como forma particular de los cultos del solsticio de invierno) que se ha ido adornando, en una sociedad cada vez más multicultural, con piedad popular, alegría mágica para niños, diversas tradiciones¨modernas y contemporáneas, adornos de la era del consumo y buenos sentimientos (civil-aconfesionales) de la mejor calaña. Bueno: creo que he hecho una buena exposión de TODO lo que es la Navidad. Ahora bien, intentar definir qué es realmente la Navidad, como si se pudiese determinar qué es más auténtico y qué menos, es algo francamente pretencioso. Lo haré con un poco de humildad, entonces, para que no me abucheéis.
Yo, cómo algunos de vosotros, hace tiempo que no me considero dentro del gran (y dignísimo) colectivo religioso que es el cristianismo. Es cierto que quizás sí comparta algunas cosas con esta visión del mundo, pero hay algunos puntos en los que la Santa Madre Iglesia y yo somos irreconciliables. No hablo de cosas tan reprochables por todos como el abandono del ideal de vida apostólico por parte de los clérigos o la laxitud moral de muchos creyentes. No hablo tampoco de la pasividad de la Iglesia católica frente a grandes desgracias de la historia (y actuales), y tampoco hablo, ni siquiera, de la institución milenaria que es la Iglesia católica en sí, con todos sus defectos y vicios propios de los hombres, con su jerarquía de reyes-pescadores de toda índole. Al fin y al cabo, si yo no estuviese de acuerdo con la realidad de la Iglesia católica pero sí con los principios básicos del cristianismo podría: a) cambiar de corriente (convertirme al protestantismo o volver a la ortodoxia), o b) declararme sencillamente cristiano (cristiano ecuménico, me parece que diría Hans Küng) y desvincularme de todo lo que no sea el cristianismo más auténtico y original. Pero no; mis diferencias son con el cristianismo en sí, y no con sus formas: yo no creo que Cristo sea el Hijo de Dios (de hecho, soy agnóstico) ni creo que sea ningún mesías redentor. Para mí Jesús de Nazaret fue un hombre; quizás incluso, tal como nos lo han legado, un gran hombre, un héroe, un visionario. Su vida, obra y muerte determinaron de forma portentosa el devenir de la Historia. ¿Que más da que crea en los principios morales de esta religión? Muchos hombres buenos, de la religión que sean, comparten valores, pero una religión es algo más que valores. Por eso no soy cristiano. Por eso, y aunque coincida en un 87% con su doctrina moral y un… hm… 63%, más o menos, con su visión del hombre. Yo soy o quiero ser muchas cosas: un agnóstico de principios, un filósofo sensible, un nuevo humanista y un pagano post-moderno. Todo esto si se me permite.
Bien. Ahora que ya sabéis todo esto, os explicaré qué pretendo hacer exactamente en esta entrada: pretendo contaros a todos los que estéis interesados cuál podría ser el calendario de alguien que se declara como yo y explicaros el significado que podrían tener para mí esos días especiales del año que todos compartimos. Una tarea sencilla, y que intentaré cumplir brevemente. Ahora, no es tan extraño esto que pretendo: si mal no recuerdo, los cristianos ya hicieron antes lo mismo: cogieron las festividades del calendario popular, las de la gente con la que convivían y a la que querían llegar, y les dieron su propio significado. Yo haré lo mismo para mí, y sólo tomaré cuatro fechas:
1) El día de cumpleaños. Nuestro cumpleaños, el día en que celebramos (sic) tener un año más de vida, debería ser un día en el que recordásemos lo que se nos ha dado, empezando por el regalo más preciado de todo: nuestra propia vida. Debería servir para dar las gracias a todos los que nos rodean e, incluso, a la vida misma. Debería ser un día de felicidad al entender lo afortunados que somos. Algunos posibles nombres con los que podríamos rebautizar este día serían Día de los Dones, Día de Haber Nacido, Día de Gracias… Aunque, bueno, el nombre original tampoco está mal: Día de Cumpleaños.
2) El día del solsticio de verano. Ha sido objeto de muchas celebraciones diferentes: … (Aquí tenía pensado mencionar las fiestas romana, celta y cristiana, pero como sólo puedo asegurar el San Juan, mejor no pongo nada. Todo lo relacionado con la cultura celta original está contaminado por neopaganismos de chufa como la Wicca. Mierda de mundo…) Para los menos avispados, decir que es el día del año en el que el sol permanece visible durante más tiempo. En el hemisferio norte, es a finales de junio (según el año occidental); en el sur, coincide aproximadamente con Navidad. Todas las culturas le han dado un significado particular pero, en la mayoría, como es propio de los solsticios y equinocios, estaba vinculada a las fuerzas de la naturaleza y a los agentes de la cosecha. En honor de todos los que han pisado antes que nosotros este planetucho, y de sus más íntimas creencias, voto porque este día (Día de los Viejos Dioses, p. e.) sirva para recordarlos a todos ellos. Y también, por qué no, para recordar todas esas fuertas mágicas y naturales en las que creyeron. Bien pensado, no conviene enfadar a posibles dioses, ¿no? (En el caso del hemisferio sur, yo celebraría esta fiesta el día del solsticio de invierno, aunque sea sólo para que no coincida con la Navidad. Al fin y al cabo, solsticios y equinocios pueden servir igualmente para recordar todo esto. Son parte del calendario agrícola-solar, verdadero representante de los antiguos cultos.)
3) El día de la Natividad (Navidad). Por supuesto, todos conocemos este día del que ya hemos hablado antes. Podría fijarme en su contenido pagano (pues coincide con el solsticio de invierno en el hemisferio norte), pero sería exactamente igual al del día del solsticio de verano, y por eso no lo haré. En cambio, prestaré más atención a nuestro legado cristiano, que aportó muchísimo al mundo con sus principios de amor y caridad. Creo que la Navidad, desprovista de su significado religioso, sigue teniendo un peso especial por todos los buenos sentimientos que nos inspira, todas las reflexiones y todo el amor que nos exige. Nos hace sacar nuestra mejor parte (por lo general) y nos hace portarnos mejor los unos con los otros. O así debería ser. Creo que este Día de Todo lo Bueno que llevamos dentro, lo mejor de lo que somos capaces las personas, debería servir para que mirásemos a nuestro alrededor y en nuestro interior e intentásemos desequilibrar la balanza que hay dentro de cada persona, esa que dice que los seres humanos llevamos dentro todo el bien y todo el mal que se puede hacer. Este día debería servir para mejorar el mundo, nuestra vida y la vida de los demás.
4) Y por último, la noche del cambio de año. En este caso, es una noche y no un día, el paso de un punto a otro, el cruce de un umbral, el final de algo y el comienzo de otra cosa. Antes de las campanadas, la última noche del año viejo (nuestra Nochevieja) es un buen momento para pensar en todo lo que se va, lo bueno y lo malo, los malos rollos y las personas importantes que se han quedado atrás, los momentos tristes y todos los buenos que ya no se repetirán. Es una fiesta eminentemente nostálgica, pero también purificadora, porque nos limpia de todo y nos prepara para el futuro. Recordar, como decía el brindis que os mandé, a "los amigos ausentes" y "los amores perdidos" es un sano ejercicio de memoria, creo yo. No hay que olvidar que somos, en gran parte, lo que hemos sido. Por otro lado, el primer día del año nuevo (nuestro día de Año Nuevo) es el momento adecuado para pensar en todos esos proyectos y promesas que queremos y debemos cumplir, con los demás, pero también con nosotros mismos (quizás sea mejor el segundo día del año, por la resaca y eso). Todos tenemos mucho que mejorar, sin olvidar que el año entrante nos va a traer muchas sorpresas, buenas y malas… Vamos, que nos lo van a poner difícil. A diferencia de la noche pre-campanadas, la noche post-campanadas es una fiesta vitalista, una fiesta de "voy a comerme el mundo; que me echen lo que quieran". Es el día de pensar en las deudas a cumplir y las metas a lograr, de "coge aire, tío, porque acabas de saltar". En cuanto al nombre que yo le daría, como vengo haciendo en esta presuntuosa entrada, no lo tengo muy claro. Hace mucho tiempo, los romanos tenían un dios llamado Jano y apodado Bifronte, que tenía dos caras, una mirando a cada lado. Era el dios de los umbrales, de las puertas, de las decisiones y de los cambios, y tenía, en el fondo, exactamente el mismo significado que vengo atribuyéndole aquí a la Nochevieja y el día de Año Nuevo juntos. Por todo esto es tentador llamarla "Noche de Jano", pero como yo no soy un pagano tradicional sino uno moderno, y como Jano es, en el fondo, un viejo dios al que ya he decidido honrar en San Juan, no voy a llamarla así. Noche del Cambio de Año es un nombre correcto, pero busco algo más sonoro… Hm… Bueno, dejémoslo en Noche del Cambio de Año, a falta de algo más original. Es un nombre hermoso en su sencillez.
Y ya está. Los que hayáis llegado hasta aquí, podéis decirme lo que queráis. Es lo menos que puedo concederos a cambio de tanto sacrificio. Y por supuesto, hay muchísimas fechas importantes no-religiosas que no he mencionado, como el Día de la Madre, el del Padre, el del Agua, el del SIDA, etc. Todos estos días son especiales para la comunidad en su conjunto, nos recuerdan valores comunes que son muy importantes, nos dan cohesión y nos conciencian de determinados temas. Los que yo he propuesto, tomando los días más importantes del calendario, son días que, por su ambigüedad y por la multitud de significados civiles y religiosos que encierran, son más importantes para nosotros a nivel personal. No me he explicado bien, ¿verdad? Lo que quiero decir es que es muy evidente lo que celebramos el Día del Agua, el del SIDA, la Epifanía o el Viernes Santo; en cambio, la Navidad, San Juan, los cumpleaños y Nochevieja/Año Nuevo son fechas que, por su popularidad, se han llenado de tantos significados buenos y malos que es fácil tomarlas y darles la interpretación que prefieras. Yo les he dado un enfoque introspectivo: como veis, en todas las nuevas fiestas que he propuesto, lo principal es mirar para nuestro interior. Creo que es un ejercicio que muchos deberían hacer más a menudo… y mucho otros deberíamos hacer menos.
Bueno, nada más. Que los vientos os sean favorables a todos.
VIRI
PS1. Je… Recuerdo cuando, hace mucho tiempo, aún os pedía perdón por la extensión de mis textos. Supongo que debo volver a hacerlo y cambiar, o me quedaré sin los pocos lectores que conservo. Gracias por seguir leyéndome, chicos y chicas.
PS2. Comentario político (cómo no): personalmente, me encanta ver a la gente haciendo profesión de fe en la calle, y muy especialmente en estas fechas. Yo no soy cristiano, pero me gusta ver a la gente cantando villancicos, y me gustan los belenes, y me encanta, me encanta de verdad, ver a la gente yendo a misa por estas fechas. La religión, cuando no hace daño ni se vuelve intolerante, es algo hermosísimo que hace a nuestras sociedades más ricas. Por eso no debe condenarse al ámbito privado, e incluso debe haber colegios religiosos (pero sin pasarse; soy tolerante pero no soy creyente, y sé donde están mis prioridades: en mi sociedad, la religión asume al humanismo como acompañante predilecto). Por todo esto, quiero condenar desde aquí la actitud de ciertos estudiantes que boicotearon cierta misa celebrada en cierto colegio zaragozano (fuera del horario lectivo, sólo para los que quisieran) en estas fechas. Eso fue una enorme falta de respeto hacia los participantes en el acto religioso, que no hicieron más que ejercer su derecho de culto y de asociación. Dicho queda para la historia.
VIRI